Por Fidelia Rincón Pascual
Cada 4 de marzo se conmemora el Día Mundial de la Obesidad, una fecha que busca visibilizar esta condición como una enfermedad crónica, compleja y creciente que afecta a millones de personas en el mundo.
Sin embargo, antes de repetir la narrativa dominante, vale la pena preguntarnos: ¿desde qué mirada estamos hablando?
Desde un enfoque de la
medicina, colonial y profundamente capitalista, los alimentos han sido divididos en “saludables” y “dañinos”, “buenos” y “malos”. Esta clasificación simplista no es inocente. El mercado de los alimentos es el más grande de todos los mercados. Reducir la comida a una etiqueta moral garantiza precios diferenciados, fidelidad de consumo y dependencia permanente. Primero se nos vende el exceso; luego, la dieta. Primero el placer ultra procesado; luego la culpa.
Pero los alimentos, en sí mismos, no son buenos ni malos. Desde un enfoque bio-psico-sociocultural de la alimentación construido a partir de la revisión de literatura científica y de la práctica cotidiana, los alimentos son adecuados o inadecuados según el cuerpo que los consume, la proporción y la frecuencia. No existe comida moral. Existe contexto.
La obesidad no es un asunto estético. Es una realidad que impacta la salud y puede colocar a las personas en situación de vulnerabilidad, especialmente en contextos de emergencia donde la movilidad puede verse reducida. Como en otros temas de salud pública, la condición corporal se entrelaza con desigualdades sociales, económicas y ambientales, pero quiero enfocar la atención en algo distinto: la solución cotidiana.
Desde una conciencia básica del funcionamiento del cuerpo, podemos entender que los alimentos producen diferentes respuestas metabólicas. Algunos generan mayor liberación de glucosa en sangre y obligan al páncreas a producir altas cantidades de insulina; otros generan respuestas más moderadas. Cuando se combinan elevadas cantidades de glucosa con alta presencia de insulina, el cuerpo favorece el almacenamiento de grasa.
No se trata de contar calorías obsesivamente ni de vivir en restricción. Se trata de comprender procesos y recuperar soberanía sobre nuestras decisiones alimentaria. Esta no es una mirada centrada únicamente en salud/enfermedad ni en la ecuación consumo/gasto calórico. Es una mirada desde el cuerpo y la tierra, no desde el mercado, desde el ecosistema que somos, desde lo disponible, pero con conciencia.
Comer no es solo nutrirse. Comer es placer, cultura, memoria, celebración, cierre de negocios, duelo, compromiso. Comer es vínculo. Cuando por primera vez sentimos amor mirando los ojos de alguien eso fue porque nos amamantaban y ya estábamos aprendiendo que la alimentación es relación. Por eso, la práctica alimentaria es también un territorio de opresión y se valen las acciones de resistencia y la construcción de conciencia.
El mercado nos ofrece productos refinados, alejados de la tierra, cargados de estímulos diseñados para generar dependencia. Luego nos responsabiliza individualmente por sus efectos y nos vende dietas restrictivas que rompen con la vida social y el placer. El ciclo se repite: exceso, culpa, restricción, ruptura, nueva culpa. Romper ese ciclo es un acto político.
En este Día Mundial de la Obesidad, más que moralizar el cuerpo, propongo revolucionar el plato. Comer desde la conciencia del propio territorio corporal. Elegir proporciones adecuadas, frecuencia equilibrada, alimentos más cercanos a la tierra. Recuperar el placer sin culpa ni dependencia. Comer es un acto integral de amor y cuidado de amplio espectro, es una práctica bio-psico-sociocultural.
Y es allí, en el acto íntimo de elegir qué agregamos a nuestro plato, donde comienza una revolución silenciosa de cuidarnos, de cuidar. No en el mercado, no en la etiqueta, no en la culpa, sino en la conciencia. Cada decisión alimentaria debe ser un gesto de soberanía, una forma de volver a la tierra y reconciliarnos con el cuerpo como territorio y posesión muy valiosa.