Por Julio Disla
Si Cuba es —como repiten los voceros del poder imperialista— un “Estado fallido”, surge una pregunta que desarma toda la narrativa: ¿por qué mantener, endurecer y perfeccionar un bloqueo económico, financiero y comercial durante más de seis décadas? Si el sistema cubano está destinado al colapso por sus propias debilidades,qué sentido tiene asfixiarlo desde afuera? La respuesta no es técnica, es política. Y profundamente reveladora.
El bloqueo contra Cuba no es una política defensiva, es una estrategia de guerra prolongada. No busca observar el “fracaso” de un modelo, sino provocarlo. No es un experimento de libre mercado, es un cerco económico deliberado que intenta rendir por hambre a un pueblo que decidió construir un camino soberano. Aquí yace la primera gran incongruencia: se acusa a Cuba de ineficiencia estructural, mientras se le niega sistemáticamente el acceso normal al comercio internacional, al crédito, a tecnologías, a medicamentos y a inversiones.
Hablar de “Estado fallido” bajo estas condiciones es una manipulación ideológica. Es como romperle las piernas a un corredor y luego burlarse porque no gana la carrera. El bloqueo —codificado en leyes como la Helms-Burton— no solo prohíbe transacciones directas con Estados Unidos, sino que persigue a terceros países, empresas y bancos que intenten comerciar con la isla. Es una política extraterritorial que castiga la soberanía de otros Estados y convierte a Cuba en un blanco permanente de hostigamiento global.
Entonces, la pregunta se vuelve aún más incómoda para sus promotores: si realmente creyeran que el sistema cubano es inviable, bastaría con levantar el bloqueo y dejar que “fracase” por sí solo. Pero no lo hacen. ¿Por qué? Porque temen exactamente lo contrario: que, sin ese cerco, Cuba demuestre que puede sostener su modelo con dignidad, que puede desarrollarse sin someterse a los dictados del capital transnacional, que puede ser un ejemplo incómodo de soberanía en el Caribe y en América Latina.
El bloqueo es, en esencia, el reconocimiento tácito de que Cuba no ha sido derrotada. Si lo hubiera sido, no haría falta mantener esta maquinaria de presión. La persistencia del bloqueo revela que la Revolución cubana sigue siendo un símbolo que incomoda, que desafía, que inspira. Y eso es lo que no se le perdona.
Desde una perspectiva histórica, el objetivo ha sido claro desde el inicio: provocar “hambre, desesperación y el derrocamiento del gobierno”, como lo reconocen documentos oficiales desclasificados de Estados Unidos. No es una política humanitaria, es una política de castigo colectivo. Y aun así, se pretende culpar exclusivamente al sistema cubano de las carencias que ese mismo bloqueo agrava y, en muchos casos, produce.
Hay que decirlo sin ambigüedades: el discurso del “Estado fallido” es una coartada. Sirve para justificar una agresión prolongada y para ocultar la responsabilidad directa del bloqueo en las dificultades económicas de la isla. Es propaganda envuelta en lenguaje técnico. Es cinismo elevado a política de Estado.
Pero el pueblo cubano ha resistido. Con limitaciones, con errores propios, sí, pero también con una capacidad de resistencia que desmiente cualquier narrativa simplista. Ha desarrollado sistemas de salud y educación reconocidos internacionalmente, ha enviado médicos a los rincones más pobres del mundo, ha sobrevivido a crisis profundas sin renunciar a su soberanía.
Por eso, la verdadera pregunta no es si Cuba es un-Estado fallido. La verdadera pregunta es: ¿qué temen quienes insisten en mantener el bloqueo? ¿Qué pasaría si, por primera vez en más de 60 años, se le permitiera a Cuba desarrollarse sin asedio?
La respuesta es evidente. Y por eso el bloqueo continúa.
Porque no se trata de dejar caer a Cuba.
Se trata de impedir que se levante por sí sola.