Por Yanibel Mesa
Recordar la Revolución de Abril de 1965 no es simplemente mirar hacia atrás; es, sobre todo, preguntarnos qué estamos haciendo hoy como juventud, con el legado que nos dejó y cómo puede convertir esa herencia en acciones para aportar en la construcción de una mejor sociedad y país.
Abril no fue un hecho aislado. Fue la respuesta de una sociedad, y en gran medida de su juventud, a la ruptura del orden democrático tras el derrocamiento del presidente Juan Bosch en 1963. Aquella interrupción marcó profundamente la vida política del país y generó un proceso de tensiones acumuladas que, dos años después, estallaría en las calles.
El 24 de abril de 1965, jóvenes, militares y civiles decidieron actuar. No lo hicieron desde la comodidad ni desde certezas absolutas, sino desde una convicción profunda: la democracia y la Constitución no podían ser negociadas. En medio del conflicto, y aun con la intervención de fuerzas extranjeras, lo que se puso en juego fue mucho más que el poder político; fue la dignidad de un pueblo decidido a defender su derecho a elegir su destino.
Hoy la realidad es distinta. No hay barricadas en las calles ni un conflicto armado como el de entonces. Sin embargo, los desafíos siguen presentes, aunque transformados: desigualdad social, crisis de valores, inseguridad ciudadana, falta de empleo digno, alto costo de la canasta familiar, explotación de los recursos naturales y desconfianza en las instituciones. Frente a todo eso, cada generación vuelve a enfrentarse a la misma disyuntiva: involucrarse o limitarse a observar.
En ese sentido, Abril deja de ser solo un evento histórico para convertirse en una referencia ética. Nos recuerda que la democracia no es un estado permanente, sino una construcción diaria que requiere participación, conciencia y compromiso. También nos enseña que los derechos conquistados pueden perderse cuando la ciudadanía se aleja de los asuntos públicos.
La juventud, ayer como hoy, ocupa un lugar vital en ese proceso. No por una condición romántica, sino por su capacidad de cuestionar y de empujar cambios. La historia dominicana demuestra, una y otra vez, que cuando los jóvenes asumen su rol, los procesos de transformación adquieren otro valor.
Hoy la juventud cuenta con herramientas que generaciones anteriores no tuvieron: acceso a la tecnología, mayor capacidad de comunicación, nuevas formas de organización política-social y una conciencia más amplia sobre temas como medio ambiente, igualdad, participación y derechos humanos. Convertir esas herramientas en fuerza transformadora es uno de los grandes retos del presente.
Por eso, hablar de Abril es también hablar de responsabilidad. No de repetir el pasado, sino de interpretar su sentido en el presente. No se trata de nostalgia, sino de compromiso con una sociedad más justa, democrática e inclusiva.
1965 no está lejos. Vive en las decisiones que tomamos, en lo que defendemos y en lo que estamos dispuestos a construir cada día.
Porque la historia no es solo memoria. Es compromiso.
Y, sobre todo, es una tarea que sigue abierta.