La ultraderecha alinea armas contra República Dominicana
Por José Estalin Quezada Perera
El panorama geopolítico del continente atraviesa un continuo giro hacia la derecha. No se trata de simples relevos gubernamentales, sino de una estrategia global de Estados Unidos para sostener su hegemonía frente al auge económico de China. En este tablero, los cambios políticos no son fortuitos: son construcciones impulsadas a través de medios masivos que responden a intereses corporativos y no al libre albedrío ciudadano.
El Gobierno de Luis Abinader no es ajeno a este esquema. Aunque el país históricamente mantiene vínculos estrechos con Washington, la actual gestión muestra un alineamiento sin precedentes. Muestra de ello es su incorporación al "Escudo de las Américas", iniciativa promovida por Donald Trump que desplazó la Cumbre de las Américas a un encuentro cerrado en el campo de golf privado del expresidente estadounidense. Tras este hito, se extendieron los permisos para el uso de aeropuertos y bases militares locales a fuerzas norteamericanas, incluso tras concluir la misión antidrogas del Comando Sur.
Esta orientación se profundiza en la política exterior. La llegada de Ito Bisonó a la Cancillería —figura conservadora alineada con la ultraderecha regional— marca una línea más reaccionaria en comparación con su antecesor, Roberto Álvarez. Entre sus primeras acciones destaca la adhesión al Consenso de Ginebra, una agenda conservadora impulsada por la administración Trump, además del compromiso de fondos públicos en causas afines.
A este escenario se suma el auge de outsiders mediáticos como Santiago Matías (Alofoke). Desde sus plataformas digitales, promueve un discurso simplista basado en la reducción del Estado, mano dura y un fuerte componente antinmigratorio. Este enfoque resulta atractivo porque ofrece respuestas rápidas a problemas estructurales complejos. Sin embargo, sociológicamente encierra un riesgo mayor: al cimentar la narrativa en el odio y la exclusión de determinados sectores, se normaliza la suspensión de los derechos humanos, dando paso a rasgos de corte fascista en la sociedad.
Frente a esta avanzada, la izquierda y los sectores progresistas enfrentan un declive derivado, en parte, de su lentitud para comprender el impacto de las nuevas tecnologías y los algoritmos, controlados por grandes capitales privados.
El reto actual de las fuerzas alternativas exige renovar su lenguaje sin perder sus principios. La polarización evidencia un descontento social que la derecha ha sabido capitalizar con efectividad emocional. Para disputar el sentido común, los sectores progresistas deben construir una narrativa clara sobre dignidad, justicia social y soberanía, conectando la crítica con propuestas concretas para la ciudadanía. La historia demuestra que ningún imperio ni algoritmo puede contener a una sociedad que decide organizarse.