Por Oscarina Martínez
Seamos claros.
Cuando Donald Trump habla de Venezuela, no habla de democracia. No le importa. No la necesita. No la menciona. En una conferencia completa, una hora entera, no pronunció ni una sola vez esa palabra.
¿Sabes cuál sí repitió hasta el cansancio? Petróleo. Veintiséis veces. Veintiséis.
Eso no es un descuido. Es una confesión.
Estados Unidos no está preocupado por el voto del pueblo venezolano, ni por sus derechos, ni por su futuro. Está preocupado por quién controla el crudo, quién firma los contratos y quién se arrodilla primero. Todo lo demás es decoración discursiva para consumo externo.
Trump fue brutalmente honesto: Venezuela debe ser “administrada” por Estados Unidos. Gobernada. Tutelada. Como si fuera una finca ajena. Como si la soberanía fuera una molestia y no un principio.
¿Y la oposición venezolana? Humillada en público.
María Corina Machado no aparece como una líder con fuerza propia, sino como una pieza útil, desechable si deja de servir. No hay respeto, no hay respaldo real, no hay reconocimiento político.
Y Edmundo González ni siquiera existe en ese discurso. No fue nombrado. No fue considerado. No fue relevante.
Porque cuando el imperio decide, los candidatos sobran.
Lo verdaderamente obsceno es ver a personas aplaudir esto y llamarlo “liberación”. Aplaudir a un Estado que ha invadido, bombardeado y saqueado países enteros. Aplaudir amenazas. Aplaudir sanciones que matan lento. Aplaudir la idea de que la democracia llega con órdenes extranjeras.
No.
Eso no es democracia.
Eso es dominación.
La democracia no se construye desde Washington.
No se impone con discursos donde el petróleo importa más que la vida.
No nace del desprecio a un pueblo entero.
Venezuela no es un botín de guerra.
No es una estación de servicio.
No es una ficha en el ajedrez geopolítico.
Y si tú crees que un país que ni siquiera puede pronunciar la palabra democracia mientras planea el futuro de otro viene a “salvar” algo, permíteme decírtelo sin rodeos: te están vendiendo una mentira vieja, reciclada y peligrosa.
Aquí no hay liberación.
Aquí hay ambición.
Aquí hay petróleo.
Y aquí hay un imperio que ni siquiera se molesta en disimularlo.