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El Caribe no es patio de nadie, el Caribe es zona de paz

Por Oscarina Martínez

Hay momentos en que todo se junta: la rabia, la impotencia, el cansancio, la tristeza. Y aun así, precisamente en esos momentos, hay que escribir. Hay que nombrar lo que pasa. Hay que decirlo claro: el Caribe sigue siendo tratado como zona de control, como frontera útil, como territorio disponible para los intereses de Estados Unidos.

Las intervenciones en nuestra región no comenzaron ayer ni se limitan a la ocupación militar directa. Han cambiado de forma, de lenguaje y de método, pero conservan la misma lógica: dominar rutas, condicionar gobiernos, controlar recursos y decidir quién vive con dignidad y quién sobrevive entre el miedo, el desplazamiento o la miseria.

La República Dominicana, en lugar de asumir una posición digna, soberana y solidaria con los pueblos del Caribe, ha ocupado demasiadas veces el lugar del aliado obediente. La política de deportaciones masivas presentada como defensa nacional termina funcionando como castigo contra un pueblo empobrecido, negro y desplazado. Es una de las expresiones más crudas de la subordinación: aplicar hacia abajo la fuerza que no se ejerce hacia arriba.

Porque es fácil hablar de soberanía cuando se trata de perseguir al débil, pero guardar silencio cuando el poderoso define prioridades, presiona gobiernos y convierte nuestros territorios en piezas de su estrategia geopolítica.

Y no se trata solo de migración. También se trata de control económico. El interés de Estados Unidos en recursos estratégicos como las tierras raras en Pedernales confirma que el Caribe sigue siendo visto como reserva disponible. Se habla de “asociación”, pero nuestra historia enseña que esas relaciones rara vez son entre iguales.

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A esto se suma el retorno de discursos de seguridad que justifican mayor control militar en la región. Bajo palabras como estabilidad, cooperación o lucha contra el crimen, se reconfigura una lógica conocida: más dependencia, menos soberanía, más racismo institucional y más margen para que las grandes potencias decidan el rumbo de nuestros pueblos.

Defender la soberanía no puede ser repetir la agenda del imperio con acento dominicano. Defenderla implica enfrentar toda forma de dominación extranjera, denunciar el uso racista de la frontera y afirmar una visión caribeña basada en la dignidad, la justicia y la solidaridad entre pueblos.

Nos quieren cansados. Nos quieren divididos. Nos quieren enfrentados entre nosotros mientras otros negocian nuestras fronteras, nuestras minas, nuestra seguridad y nuestro futuro. Por eso la tarea urgente es volver a movilizarnos. No por romanticismo, sino porque cuando los pueblos se desmovilizan, el poder avanza sin obstáculos.

Y en ese camino, las juventudes tienen un papel central e insustituible. No solo como fuerza de movilización, sino como conciencia crítica de este tiempo. Nos toca a las juventudes romper con la normalización de la dependencia, cuestionar los discursos de odio, disputar el sentido de la soberanía y construir organización desde los barrios, las universidades y los espacios culturales. Nos corresponde levantar una voz clara frente al racismo, la intervención y la subordinación, pero también proponer una nueva forma de pensar, integrada, solidaria y digna.

Hay que volver a las calles, al debate público, a la organización barrial, feminista, sindical, estudiantil y popular. Hay que reconstruir una voz firme que diga que el Caribe no es base militar, no es laboratorio de control, no es corredor de saqueo ni vertedero humano de las crisis producidas por el mismo orden imperial.

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Nos toca levantar una posición clara: ni intervención sobre Haití, ni en Cuba, ni en Venezuela; ni sumisión del gobierno dominicano a Washington, ni políticas racistas disfrazadas de nacionalismo. Nos toca defender una soberanía verdadera, que no se arrodille ante la Casa Blanca ni descargue su fuerza sobre los más vulnerables.

Porque la dignidad de la República Dominicana también pasa por la dignidad de todo el Caribe.

Porque la historia no ha terminado.
Porque el imperio no ha renunciado a mandar.
Y porque aquí todavía hay un pueblo y unas juventudes capaces de ponerse de pie.

Movilizarse no es un gesto heroico.
Es, hoy más que nunca, una necesidad moral.

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