Por Oscarina Martínez
En el marxismo la militancia no es un acto sentimental. No es una expresión espontánea de indignación ni una adhesión emocional a una causa justa. Es una posición consciente frente a la lucha de clases.
Karl Marx escribió que “la emancipación de la clase obrera debe ser obra de la propia clase obrera”. Esa frase, tantas veces repetida, encierra una exigencia profunda: la transformación social no la hacen iluminados, ni líderes carismáticos aislados, ni voluntades individuales dispersas. La hacen sujetos organizados, conscientes de su papel histórico.
La militancia revolucionaria nace ahí. En la comprensión de que sin organización no hay fuerza material capaz de enfrentar al capital.
Para Marx, la conciencia no surge automáticamente de la explotación. Surge de la práctica y del análisis crítico de la realidad. Es decir, la clase trabajadora no se convierte en clase para sí de manera espontánea; necesita procesos políticos, organización, dirección. Necesita partido.
Vladimir Ilich Lenin profundizó esta idea cuando afirmó que “sin teoría revolucionaria no hay movimiento revolucionario”. Con ello no defendía el academicismo ni el elitismo intelectual, sino la necesidad de una militancia formada, capaz de interpretar la coyuntura, de identificar al enemigo principal, de trazar tácticas coherentes con la estrategia.
La militancia comprometida, la militancia de la que está hecho un partido revolucionario, no puede ser una militancia pasiva. No puede limitarse a ejecutar orientaciones sin comprenderlas. La disciplina revolucionaria no es obediencia ciega; es adhesión consciente a una línea política discutida y asumida colectivamente.
Lenin fue claro al combatir el espontaneísmo. La espontaneidad de las masas es una fuerza, pero sin dirección política puede diluirse o ser cooptada. La tarea del partido no es sustituir a las masas, sino elevar su nivel de conciencia. Y eso exige cuadros formados, firmes ideológicamente, capaces de resistir las presiones del oportunismo y del reformismo.
Reafirmar la militancia hoy es reafirmar ese principio.
En un contexto donde la política tiende a volverse espectáculo, donde la opinión sustituye al estudio y donde la inmediatez debilita la reflexión estratégica, reivindicar la teoría es un acto revolucionario. Estudiar no es un lujo. Es una responsabilidad política.
Pero la teoría, para el marxismo, no es contemplativa. Es práctica transformadora. Marx no escribió El Capital para adornar bibliotecas, sino para desnudar las leyes del sistema que oprime a la clase trabajadora. Lenin no organizó el partido bolchevique para discutir eternamente, sino para intervenir decisivamente en la historia.
La militancia que necesitamos no es ornamental. Es orgánica.
Es la que entiende que cada tarea, por pequeña que parezca, forma parte de una estrategia mayor. Es la que asume que el partido no es un espacio de protagonismos individuales, sino una herramienta colectiva de lucha. Es la que acepta la crítica y la autocrítica como métodos de fortalecimiento, no como ataques personales.
Marx enseñó que las condiciones materiales determinan en última instancia la conciencia. Pero también mostró que la praxis transforma la realidad. Esa dialéctica entre condiciones objetivas y acción consciente es el terreno donde se mueve la militancia revolucionaria.
No somos espectadores de la historia. Somos parte de su construcción.
Un partido como el Partido Comunista del Trabajo no puede sostenerse sobre la improvisación ni sobre la moda política. Se sostiene sobre principios. Sobre la claridad ideológica. Sobre la convicción de que la lucha de clases no ha desaparecido, aunque se disfrace.
Reafirmar la militancia es recordar que no estamos aquí por comodidad ni por inercia. Estamos aquí porque asumimos una posición histórica. Porque entendimos que la neutralidad es una ficción y que cada época exige definiciones.
La militancia comprometida es, en última instancia, una síntesis entre teoría y práctica. Entre estudio y organización. Entre disciplina y pensamiento crítico.
No es fanatismo. Es conciencia.
Y sin conciencia revolucionaria , no hay revolución posible.