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Sesenta y siete años de bloqueo: la resistencia numantina de Cuba frente al asedio de Washington

Ni el cerco más largo de la historia ha logrado doblegar la dignidad de la isla, que hoy enfrenta su hora más crítica mientras el imperio dicta cátedra desde la comodidad de su propia orilla
Por Julio Guzmán Acosta

LA HABANA. – En el año 133 antes de Cristo, la ciudad celtíbera de Numancia cayó tras quince meses de asedio romano. Sus habitantes, diezmados por el hambre y la peste, prefirieron el suicidio colectivo antes que entregar sus hogares al invasor. Aquella gesta entró en la historia como símbolo supremo de la resistencia ante un poder abrumador.

Cuba lleva 768 meses bajo bloqueo. Sesenta y siete años. Cincuenta y una veces lo que resistió Numancia .

La diferencia no es solo temporal. Es, fundamentalmente, de resultado. Numancia fue arrasada. Cuba, en cambio, sigue en pie. Herida, asfixiada, con sus habitantes enfrentando carencias que en cualquier país desarrollado serían consideradas catástrofe humanitaria, pero en pie. Esa persistencia, esa obstinación por existir como nación soberana a sólo 140 kilómetros de la costa de Florida, constituye uno de los fenómenos geopolíticos más extraordinarios del siglo XX y lo que va del XXI.

Pero la historia, como los ciclones del Caribe, retorna con violencia renovada. Esta semana, mientras el mundo miraba otros conflictos, la portavoz de la Casa Blanca, Karoline Leavitt, compareció ante la prensa para dictar sentencia sobre el destino de la isla: «Son un régimen que está cayendo. El país está derrumbándose y creemos que va en su interés realizar cambios muy drásticos muy pronto».

La declaración, pronunciada con la naturalidad de quien comenta el clima, encierra en pocas palabras la esencia de una política que trece administraciones estadounidenses —demócratas y republicanas por igual— han mantenido inalterable durante más de seis décadas: el derecho a decidir lo que Cuba debe hacer.

  1. Los orígenes del cerco: de Eisenhower a la orden ejecutiva de Kennedy

Para comprender la dimensión de lo que hoy ocurre, es necesario retroceder hasta los albores de la Revolución Cubana. El 1° de enero de 1959, las columnas del Ejército Rebelde entraban en La Habana. Fulgencio Batista, el dictador que Estados Unidos había armado y sostenido durante años, huía del país con las arcas vaciadas .

La reacción de Washington no se hizo esperar. Apenas tres meses después del triunfo rebelde, el subsecretario adjunto de Estado Lester Mallory redactó un memorando que el tiempo se encargaría de convertir en documento fundacional de la política exterior estadounidense hacia Cuba. Fechado el 6 de abril de 1960, el texto es de una claridad escalofriante:

«La mayoría de los cubanos apoya a Fidel Castro… La única manera previsible de restar apoyo interno es generar descontento y desesperanza mediante el deterioro de las condiciones económicas… Debemos emplear todos los medios posibles para debilitar la vida económica de Cuba… una línea de acción que, aunque sea admirablemente correcta y legalmente posible, no implique el riesgo de una intervención militar, sea la de negar a Cuba dinero y suministros con el fin de reducir sus ingresos reales y salarios, provocar hambre, desesperanza y el derrocamiento del gobierno» .

El párrafo contiene, con precisión burocrática, el programa que se aplicaría durante los siguientes sesenta y siete años: hambre, desesperanza, derrocamiento. Todo ello sin necesidad de invadir. Todo ello, en palabras de Mallory, «admirablemente correcto y legalmente posible».

El 3 de febrero de 1962, el presidente John F. Kennedy firmó la Orden Ejecutiva 3447, que establecía el bloqueo económico, comercial y financiero total contra Cuba, amparándose en la Ley de Comercio con el Enemigo de 1917, una legislación concebida originalmente para la Primera Guerra Mundial . La medida entraba en vigor el 7 de febrero de ese mismo año.

Lo que comenzó como restricciones parciales se convertía así en cerco absoluto. Desde entonces, generaciones enteras de cubanos han nacido, crecido, envejecido y muerto bajo el asedio. Nadie en la isla menor de sesenta años recuerda cómo era vivir sin bloqueo .

  1. La arquitectura jurídica del asedio: leyes con nombre propio

El bloqueo no es una simple acumulación de decretos presidenciales. Constituye un entramado legal de enorme complejidad, diseñado para cubrir todos los flancos por los que pudiera filtrarse cualquier resquicio de normalidad económica.

La base del sistema descansa sobre la Sección 620a de la Ley de Ayuda Extranjera de 1961, que facultó al presidente para imponer las restricciones . Pero fueron las leyes aprobadas por el Congreso en las décadas siguientes las que convirtieron el cerco en una maquinaria de precisión quirúrgica.

En 1992, bajo la administración de George H.W. Bush, el Congreso aprobó la Ley Torricelli, también conocida como Ley para la Democracia en Cuba. Esta norma prohibía a las subsidiarias de empresas estadounidenses en terceros países comerciar con Cuba y establecía sanciones a los barcos que atracaran en puertos cubanos. Por primera vez, el bloqueo adquiría carácter extraterritorial, violando abiertamente el derecho internacional al castigar a naciones soberanas por sus relaciones comerciales con la isla .

Cuatro años después, en 1996, llegaría la Ley Helms-Burton (Ley para la Libertad y la Solidaridad Democrática Cubanas), posiblemente la pieza más agresiva de este andamiaje jurídico. La norma permitía a ciudadanos estadounidenses —incluyendo a aquellos que habían abandonado Cuba décadas atrás— demandar ante tribunales de Estados Unidos a empresas extranjeras que «traficaran» con propiedades confiscadas tras la Revolución. El objetivo era claro: ahuyentar cualquier inversión extranjera en la isla mediante la amenaza de juicios multimillonarios .

A estas leyes se suman las Regulaciones para el Control de los Activos Cubanos de 1963, que prohíben prácticamente cualquier transacción financiera con Cuba, y la inclusión recurrente de la isla en la lista de Estados patrocinadores del terrorismo, una designación que el Departamento de Estado restableció en 2021 tras haber sido eliminada durante el breve deshielo de la era Obama.

El resultado de este entramado legal es, en palabras del gobierno cubano, «el sistema de medidas coercitivas unilaterales más prolongado y abarcador jamás aplicado contra nación alguna» .

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III. Las cifras del dolor: el costo humano del bloqueo

Detrás de las leyes y los decretos hay números. Y detrás de los números, hay personas.

Entre marzo de 2024 y febrero de 2025, las pérdidas de la economía cubana atribuibles directamente al bloqueo alcanzaron los 7.556 millones de dólares, un incremento del 49 por ciento respecto al periodo anterior . A precios corrientes, los daños acumulados desde 1962 superan los 170.677 millones de dólares. Si se calcula considerando la depreciación del dólar frente al oro, la cifra asciende a más de dos billones de dólares .

Son números tan astronómicos que corren el riesgo de convertirse en abstracciones. Por eso conviene traducirlos a realidades cotidianas.

Cada mes, Cuba deja de percibir 629,5 millones de dólares. Cada día, 20,7 millones. Cada hora, 862.568 dólares . Eso significa medicamentos que no llegan, equipos médicos que no pueden repararse, alimentos que no se importan, escuelas que carecen de materiales, viviendas que no se construyen, transporte público que se paraliza por falta de piezas de repuesto.

El sector eléctrico es quizás el ejemplo más dramático. En 2025, una termoeléctrica de Cienfuegos no pudo recibir un equipo esencial porque contenía más del diez por ciento de componentes estadounidenses. Esa es una de las reglas más perversas del bloqueo: cualquier producto que incorpore tecnología o piezas de origen estadounidense, sin importar dónde se fabrique, queda automáticamente fuera del alcance de Cuba .

La persecución financiera es igualmente implacable. Entre marzo de 2024 y febrero de 2025, al menos cuarenta bancos extranjeros cesaron sus operaciones con Cuba por temor a represalias de Washington. El efecto disuasorio es aún mayor: muchas instituciones ni siquiera consideran la posibilidad de establecer relaciones comerciales con la isla .

Incluso las donaciones humanitarias, ese gesto universal de solidaridad que debería estar por encima de cualquier disputa política, tropiezan con el muro del bloqueo. En agosto de 2022, mientras un incendio de proporciones catastróficas devoraba la base de supetanqueros de Matanzas, la ayuda internacional que llegaba a Cuba encontraba obstáculos insalvables para su transferencia bancaria . La Asociación Nacional de Amistad Italia-Cuba no pudo realizar una donación de emergencia porque el banco receptor aparecía en las listas de entidades sancionadas por Estados Unidos .

IV. El momento más crítico: la ofensiva de 2025-2026

Si el bloqueo ha sido una constante durante sesenta y siete años, los últimos meses han traído una intensificación sin precedentes. El 29 de enero de 2026, el presidente Donald Trump firmó una orden ejecutiva que crea un mecanismo de aranceles adicionales sobre importaciones procedentes de países que suministren petróleo crudo o productos refinados a Cuba.

El objetivo declarado es cortar por completo el flujo de energía hacia la isla. Y los efectos no se han hecho esperar.

Cuba ha perdido el suministro de petróleo venezolano, hasta ahora su principal fuente de abastecimiento energético, tras la detención de Nicolás Maduro en enero. México, que había mantenido envíos limitados como gesto de solidaridad, suspendió las entregas ante la amenaza de aranceles, aunque la presidenta Claudia Sheinbaum ha manifestado su intención de reanudarlas .

La crisis energética ha desencadenado un efecto dominó que afecta al corazón mismo de la economía cubana: el turismo. En plena temporada alta, las aerolíneas internacionales han comenzado a cancelar vuelos por falta de combustible de aviación. Air Canada, que transporta cada año a cientos de miles de turistas —Canadá es el principal mercado emisor de la isla—, suspendió todas sus conexiones hasta mayo y tuvo que repatriar a unos tres mil pasajeros que quedaron varados .

Las consecuencias se extienden como manchas de aceite. Hoteles de cadenas internacionales como NH han cerrado todos sus establecimientos en el país. Meliá, la mayor franquicia española en Cuba, ha anunciado el cierre de tres de sus treinta hoteles . Los «almendrones», esos emblemáticos automóviles estadounidenses de los años cincuenta que transportan turistas por La Habana, ven cómo la gasolina en el mercado informal alcanza los cinco dólares por litro .

Juan Arteaga, padre de tres hijos y conductor de uno de esos vehículos clásicos, lo resume con sencillez desgarradora: «Cuando se me acabe la gasolina, para mi casa. ¿Qué voy a hacer?» .

  1. El contexto político: advertencias desde Washington y conversaciones en la sombra

En medio de esta crisis, la administración Trump ha elevado el tono de sus declaraciones. La portavoz Karoline Leavitt fue tajante: «Son un régimen que está cayendo. El país está derrumbándose».

Preguntada sobre si Estados Unidos planea alguna medida concreta, Leavitt se escudó en generalidades: «Obviamente queremos ver democracias florecientes y prósperas en todo el mundo, especialmente en nuestro propio hemisferio. No estoy dictando ninguna acción que podamos tomar para lograrlo, pero, por supuesto, lo mejor para Estados Unidos es que Cuba sea una democracia verdaderamente libre y próspera».

Pero mientras la portavoz hablaba de democracia y prosperidad desde el púlpito de la Casa Blanca, otros canales de comunicación funcionaban en la penumbra. Según reveló el sitio web Axios citando tres fuentes oficiales anónimas, el secretario de Estado Marco Rubio mantiene conversaciones secretas con Raúl Guillermo Rodríguez Castro, nieto del expresidente Raúl Castro, saltándose los canales oficiales con el gobierno cubano..

El objetivo, siempre según las mismas fuentes, sería impulsar una transición inspirada en el llamado «modelo Delcy Rodríguez» de Venezuela: un cambio pactado desde dentro que evite una ruptura traumática pero que, esencialmente, responda a los intereses de Washington.

La contradicción no puede ser más flagrante. Mientras la administración Trump exige públicamente «cambios drásticos» y acusa al gobierno cubano de ser un régimen en caída, negocia en secreto con miembros de la familia Castro para diseñar el futuro de la isla. Cambio sí, pero cocinado en las cocinas del imperio.

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Frente a esta nueva ofensiva, la posición del gobierno cubano se mantiene inalterable en lo fundamental, aunque adaptada a las circunstancias.

En una declaración oficial, La Habana condenó «en los términos más enérgicos la nueva escalada del gobierno de los Estados Unidos» y denunció que la orden ejecutiva de Trump consolida «una forma peligrosa de conducir la política exterior de los Estados Unidos por vía de la fuerza y de ejercer sus ambiciones para garantizar su hegemonismo imperialista» .

El gobierno cubano recuerda que Estados Unidos ha fracasado durante sesenta y siete años en «rendir y destruir un proceso político y revolucionario genuino y legítimo, de plena soberanía, justicia social y fomento de la paz» .

Paralelamente, Cuba ha desplegado una intensa ofensiva diplomática en los foros internacionales. La resolución que cada año presenta ante la Asamblea General de Naciones Unidas exigiendo el fin del bloqueo fue aprobada en 2025 por 165 votos a favor, doce abstenciones y apenas siete votos en contra . Es la trigésimo tercera ocasión consecutiva en que la comunidad internacional, con una mayoría abrumadora, condena el cerco estadounidense.

La relatora especial del Consejo de Derechos Humanos de Naciones Unidas, Alena Douhan, visitó recientemente la isla y presentó conclusiones demoledoras: las medidas unilaterales impuestas por Estados Unidos carecen de legitimidad, vulneran los derechos humanos de la población cubana y resultan especialmente dañinas en el contexto de crisis internacional y dificultades económicas internas .

Incluso dentro de Estados Unidos comienzan a alzarse voces críticas. Sectores académicos, religiosos y empresariales, así como parte de la emigración cubana, favorecen la normalización de relaciones bilaterales. En el propio Congreso hay congresistas opuestos al bloqueo, aunque hasta ahora han sido incapaces de traducir esa oposición en cambios legislativos significativos .

VII. La resistencia numantina: más allá de la metáfora

La comparación con Numancia, utilizada con frecuencia por analistas y dirigentes cubanos, tiene un alcance que va más allá de la mera retórica histórica.

Los numantinos resistieron quince meses. Los cubanos llevan sesenta y siete años. Los numantinos fueron finalmente aniquilados. Los cubanos, pese a todo, siguen existiendo como nación.

Han resistido la invasión de Bahía de Cochinos en 1961, donde fuerzas entrenadas por la CIA intentaron derrocar al gobierno revolucionario y fueron derrotadas en menos de setenta y dos horas . Han resistido la Crisis de los Misiles de 1962, que llevó al mundo al borde de la guerra nuclear y se resolvió con un acuerdo secreto entre Kennedy y Jruschov que incluía el compromiso estadounidense de no invadir la isla a cambio del retiro de los misiles soviéticos . Han resistido la Operación Mangosta, una campaña de sabotajes, atentados y guerra no convencional que incluyó planes para destruir cosechas, contaminar envíos comerciales y asesinar a líderes cubanos .

Han resistido incluso la Operación Northwoods, un plan propuesto en 1962 por la Junta de Jefes de Estado Mayor estadounidense que contemplaba atentados terroristas en ciudades de Estados Unidos —explosiones en Miami y Washington, derribos falsos de aviones civiles, ataques simulados a la base de Guantánamo— para crear una excusa que justificara la invasión de Cuba .

Fueron tiempos en los que la posibilidad de una intervención militar directa era real y estaba minuciosamente planificada. Documentos desclasificados revelan que el Pentágono tenía listo un esquema completo para la ocupación de la isla, incluyendo el nombramiento de un gobernador militar estadounidense y volantes que advertían a la población que «todo lo que se mueva será un objetivo» .

Hoy, la estrategia ha cambiado. En lugar de la fuerza militar, Washington ha perfeccionado el arte de la asfixia económica. Como señala el funcionario cubano Asdrúval De la Vega, «estamos hablando de una guerra económica con precisión quirúrgica, diseñada para atacar los renglones vitales de nuestra economía» con el objetivo declarado de «deprimir el nivel de vida de la población cubana» .

A esa guerra económica se suma una guerra comunicacional financiada con fondos federales del Congreso estadounidense, que supera los cuarenta millones de dólares anuales y se destina a «plataformas para distorsionar la realidad cubana y presentar al país como un Estado fallido» .

VIII. La paradoja del asedio: lecciones desde la historia

Hay una pregunta que sobrevuela cualquier análisis de esta situación: ¿por qué, después de sesenta y siete años, persiste un gobierno que Estados Unidos ha intentado por todos los medios derribar?

Las respuestas son múltiples y complejas, pero una destaca sobre las demás: el propio bloqueo ha funcionado como factor de cohesión nacional. Como señala el historiador Ariel Dacal Díaz, «el Estado norteamericano nunca ha mirado a Cuba en condición de igualdad, de derecho y de soberanía. La ha tratado, al igual que al conjunto de las naciones latinoamericanas, como objeto de sus intereses» .

Esa condición de objeto, esa negación sistemática de la subjetividad cubana, ha generado una respuesta de afirmación nacional que trasciende las divisiones políticas internas. Frente a la pretensión de decidir desde fuera el destino de la isla, amplios sectores de la sociedad cubana —incluyendo muchos que critican aspectos del sistema político y económico— se han resistido a aceptar que el futuro se diseñe en Washington.

El escritor y educador popular Ariel Dacal lo expresa con claridad: «El desprecio moral, los intentos de imposición política, la objetualización de la nación cubana por parte del imperialismo norteamericano antecede a la etapa socialista, y la precedería, llegado el caso. Es aconsejable que la bisoña burguesía cubana tome nota» .

La advertencia es pertinente. En los debates sobre el futuro de Cuba, una lección emerge nítida de sesenta y siete años de historia: el futuro de la isla no puede ser diseñado en Miami ni en Washington. Cualquier transición que se pretenda legítima tendrá que surgir de la voluntad de los cubanos que viven en Cuba, no de conversaciones secretas entre el Departamento de Estado y familiares de la vieja guardia revolucionaria.

  1. Voces desde la isla: la cotidianidad del cerco
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Para entender la dimensión humana del bloqueo, es necesario apartarse de las cifras macroeconómicas y los análisis geopolíticos. La realidad cotidiana de los cubanos ofrece un termómetro más preciso de lo que significa vivir bajo asedio durante sesenta y siete años.

En los hospitales, los médicos han aprendido a hacer más con menos. En las escuelas, los maestros improvisan materiales didácticos. En los hogares, las familias cubanas han desarrollado una capacidad sobrehumana para estirar recursos escasos, para reparar lo irreparable, para reinventar soluciones donde no las hay.

Los cortes eléctricos se han convertido en parte del paisaje cotidiano. La escasez de combustible paraliza el transporte público. Las colas para adquirir alimentos básicos son una estampa familiar en cualquier ciudad cubana.

Y sin embargo, la isla produce vacunas propias que fueron capaces de enfrentar la pandemia de COVID-19 con efectividad comparable a las mejores del mundo. El Contingente Internacionalista Henry Reeve, creado por Fidel Castro en 2005, ha prestado ayuda humanitaria a millones de personas en decenas de países, salvando decenas de miles de vidas .

Esta paradoja —la coexistencia de carencias extremas con logros extraordinarios— define la experiencia cubana de las últimas décadas. Es, quizás, la expresión más elocuente de lo que significa resistir.

  1. Epílogo: ¿hasta cuándo?

La comunidad internacional lleva treinta y tres años votando en Naciones Unidas contra el bloqueo. La Asamblea General ha aprobado resoluciones exigiendo su fin con mayorías que rondan el 90 por ciento de los países miembros. Estados Unidos ha ignorado sistemáticamente esos llamados .

La pregunta sobre hasta cuándo se mantendrá esta situación no tiene respuesta fácil. Depende de factores internos de la política estadounidense, de la evolución de la correlación de fuerzas en el Congreso, de la capacidad de presión de la comunidad internacional, de la propia resistencia cubana.

Lo que sí puede afirmarse con certeza es que, después de sesenta y siete años, el objetivo declarado del bloqueo —provocar el derrocamiento del gobierno cubano mediante el hambre y la desesperanza— ha fracasado estrepitosamente. Cuba no ha caído. Su gobierno no ha sido derrocado. Su pueblo no ha claudicado.

Eso no significa que el bloqueo no haya causado un daño inmenso. Lo ha causado, y sigue causándolo. Millones de cubanos han vivido toda su vida en condiciones de escasez que no existirían sin ese cerco implacable. Generaciones enteras han visto limitadas sus posibilidades de desarrollo por decisiones tomadas en Washington.

Pero el propósito final —doblegar la voluntad de un pueblo— no se ha cumplido. Y a juzgar por la historia, no se cumplirá.

El escritor Eduardo Galeano solía decir que «la dignidad no puede ser prohibida, perseguida, censurada. Es una conquista irreversible de cada ser humano». Cuba, con sus luces y sus sombras, con sus aciertos y sus errores, con sus contradicciones internas y sus debates pendientes, ofrece desde hace sesenta y siete años una demostración palpable de esa verdad.

La Habana, Santiago de Cuba, Varadero, Cienfuegos. Cada rincón de la isla donde aún palpita la certeza de que el destino de un pueblo no se decide en el Despacho Oval.

El asedio más largo de la historia continúa. Y la resistencia, también.

NOTA DE JULIO GUZMÁN ACOSTA

Al concluir este recorrido por los sesenta y siete años de bloqueo, una pregunta elemental se instala en quien escribe: ¿con qué derecho una potencia extranjera se arroga la facultad de decidir lo que Cuba debe hacer?

La respuesta, por supuesto, es que no hay derecho alguno. Ni en la letra del derecho internacional, ni en el espíritu de las cartas fundacionales de Naciones Unidas, ni en los principios más elementales de la convivencia entre naciones soberanas.

Estados Unidos mantiene contra Cuba el cerco económico más prolongado de la historia. Ha costado miles de millones de dólares en daños materiales. Ha costado vidas que podrían haberse salvado con medicamentos que no llegaron. Ha costado oportunidades de desarrollo que se esfumaron por obstáculos financieros insalvables. Ha costado, sobre todo, la negación sistemática del derecho del pueblo cubano a forjar su propio destino sin tutelas extranjeras.

Y ahora, cuando la crisis se agudiza, cuando las medidas de presión se intensifican, cuando el hambre aprieta y los apagones se alargan, la administración Trump se permite dictar desde su púlpito lo que Cuba debe hacer. «Drásticos cambios muy pronto», exige la portavoz, como si la isla fuera una sucursal descarriada que debe rendir cuentas a la central.

No. Mil veces no.

Que Estados Unidos levante el bloqueo. Que cese la persecución financiera. Que elimine a Cuba de la absurda lista de países patrocinadores del terrorismo. Que permita a los cubanos comprar medicamentos y alimentos sin restricciones. Que deje de amenazar a terceros países para que no comercien con la isla.

Y después de todo eso —sólo después— que se siente a esperar lo que los cubanos decidan. Porque el futuro de Cuba no se negocia en secreto entre Marco Rubio y familiares de la vieja guardia. No se cocina en las cocinas de Washington. No se dicta desde la Casa Blanca.

Se construye en La Habana, en Santiago, en cada municipio de la isla, por cubanos que viven en Cuba y que tienen derecho —todo el derecho— a equivocarse y a acertar, a cambiar y a conservar, a avanzar y a retroceder, sin que nadie les marque el paso desde fuera.

Déjenlos en paz. Ya está bueno.

Han resistido sesenta y siete años. Resistirán lo que haga falta.

 

 

 

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