Por José A. Díaz
Pensar en Juan Pablo Duarte hoy nos lleva a una reflexión un tanto incómoda. Si el padre de la patria pudiera observar la República Dominicana actual, seguramente estaría revolcándose en su tumba. No solo por el paso del tiempo, sino por la enorme distancia entre el país que soñó y la realidad que vivimos hoy.
Duarte imaginó una nación libre, soberana y digna; una República cimentada en valores, sacrificio y un compromiso genuino con el bienestar común. Sin embargo, más de 212 años después, esa visión parece traicionada por una realidad plagada de corrupción, oportunismo político y una alarmante indiferencia hacia los problemas estructurales que enfrenta el pueblo dominicano.
La política, que debería ser un acto de servicio, se ha transformado para muchos en una vía para el enriquecimiento personal. Se habla de patria en discursos, pero se negocia en oficinas cerradas. Se invoca a Duarte en fechas conmemorativas, mientras que sus ideales son pisoteados el resto del año. Esta contradicción es una herida abierta en la democracia dominicana.
El pueblo, especialmente la juventud, no puede seguir siendo un mero espectador. La juventud dominicana hoy lleva una responsabilidad histórica: devolverle un sentido ético a la política, rescatar los valores de honestidad, compromiso y amor a la patria que nos legaron nuestros padres y madres fundadores. No se trata solo de protestar, sino de pensar, organizarse y participar con una conciencia crítica.
La juventud progresista y los sectores democráticos están llamados a romper con la cultura del conformismo y del “así siempre ha sido”. No hay transformación posible sin cuestionar el modelo político que normaliza la corrupción, la desigualdad y la exclusión. Defender la soberanía hoy no es solo un acto simbólico; es luchar contra toda forma de dominación, ya sea extranjera o interna, política o económica.
Ser progresista no es solo una etiqueta, es una forma de enfrentar la injusticia. Ser democrático no se limita a votar cada cuatro años; implica exigir transparencia, rendición de cuentas y que haya coherencia entre lo que se dice y lo que se hace. Duarte no fue un hombre que se quedara en la comodidad; fue un revolucionario con ideas claras y principios sólidos. Honrar su legado significa incomodar al poder cuando este traiciona al pueblo.
La República Dominicana necesita una nueva generación que comprenda que la patria no se hereda, se defiende. Que los derechos no se mendigan, se conquistan. Que la política puede y debe ser un ejercicio ético. Si Duarte estuviera aquí hoy, esperaría que una juventud despierta decidiera retomar su sueño y, por fin, hacerlo realidad.