Por Julio Disla
Marxismo, antiimperialismo y la nueva batalla contra el tecnofeudalismo digital
El centenario del nacimiento del Comandante Fidel Castro Ruz encuentra a Cuba nuevamente bajo el asedio del imperialismo estadounidense. El bloqueo económico, comercial y financiero continúa siendo el principal instrumento de una política orientada a provocar el agotamiento económico y el aislamiento de la Revolución. Pero, como durante más de seis décadas, el pueblo cubano sigue demostrando que la dignidad organizada puede resistir incluso al poder más grande de la historia.
Conmemorar a Fidel no significa rendir culto a una personalidad. Significa reafirmar un proyecto histórico de emancipación. Fidel siempre insistió en que la Revolución debía ser obra consciente del pueblo y que su fuerza residía en la unidad, la organización y la formación política. Esa concepción enlaza directamente con el pensamiento de Marx y Lenin, quienes entendieron que la transformación social no surge espontáneamente, sino de la acción organizada de las clases trabajadoras.
Lenin explicó que el imperialismo constituye la fase superior del capitalismo, caracterizada por la concentración del capital, la exportación de capitales y la disputa entre grandes potencias por mercados, recursos y zonas de influencia. Más de un siglo después, ese análisis conserva una notable capacidad explicativa, aunque las formas del poder hayan evolucionado.
Hoy asistimos a una nueva etapa que numerosos analistas describen como tecnofeudalismo digital. Un reducido número de corporaciones controla plataformas, infraestructura digital, inteligencia artificial, datos personales y los algoritmos que median buena parte de la comunicación humana. Estas empresas acumulan una capacidad de influencia económica, política y cultural sin precedentes. El poder ya no se ejerce solo mediante la propiedad de fábricas o bancos, sino también mediante el control de los flujos de información, la vigilancia masiva y las infraestructuras digitales.
Fidel advirtió repetidamente que la batalla principal sería una batalla de ideas. En el siglo XXI esa afirmación adquiere una nueva dimensión. Las plataformas digitales no solo difunden información; también jerarquizan contenidos, condicionan debates públicos y pueden favorecer determinadas narrativas políticas. La lucha por la soberanía incluye hoy la defensa de la soberanía tecnológica y cultural.
José Martí comprendió mucho antes que la independencia política sería incompleta si los pueblos permanecían sometidos económica y culturalmente a potencias extranjeras. Su visión de una América Latina unida y capaz de pensar con cabeza propia conserva una enorme vigencia frente a las nuevas formas de dependencia.
El Che Guevara insistió en que no bastaba con transformar las estructuras económicas; era necesario formar un ser humano nuevo, guiado por la solidaridad y no por el egoísmo del mercado. Esa enseñanza resulta especialmente pertinente en una época en que el consumismo digital convierte la atención humana en mercancía y reduce la ciudadanía a una sucesión de datos comercializables.
Mientras el capitalismo digital convierte cada interacción en una oportunidad de negocio, Cuba continúa defendiendo principios que desafían esa lógica: la salud como derecho, la educación pública, la investigación científica al servicio del bienestar colectivo y la solidaridad internacional. Esas conquistas no eliminan las dificultades reales que enfrenta la isla, pero expresan un modelo social distinto al que propones la mercantilización de todos los ámbitos de la vida.
Las campañas permanentes contra Cuba no pueden entenderse únicamente como una disputa bilateral entre dos países. Forman parte de una estrategia global dirigida contra cualquier experiencia que reivindique el derecho de un pueblo a escoger un camino independiente. Por eso el bloqueo no busca solo limitar la economía cubana; también pretende enviar un mensaje disciplinador a otras naciones que aspiren a ejercer plenamente su soberanía.
La Revolución Cubana demostró que un país pequeño podía derrotar a una dictadura respaldada por una gran potencia, alfabetizar a millones de personas, desarrollar un sistema de salud reconocido internacionalmente y sostener una política internacionalista que acompañó las luchas contra el colonialismo y el apartheid. Esos logros explican, en parte, por qué Cuba continúa siendo objeto de presión política y económica.
En el centenario de Fidel, la izquierda enfrenta desafíos que él mismo consideraba fundamentales: fortalecer la unidad popular, formar cuadros con capacidad crítica, defender la verdad frente a la manipulación y construir alternativas frente a un capitalismo que se reinventa constantemente. Las herramientas cambian, pero la contradicción esencial entre la concentración del poder y la aspiración de los pueblos a una vida digna sigue siendo objeto de debate político en muchas sociedades.
Fidel sostuvo que una Revolución solo puede sostenerse si desarrolla conciencia, ética y participación popular. Esa enseñanza continúa siendo una referencia para quienes aspiran a transformar la realidad mediante la organización colectiva y no únicamente a través de la protesta.
A cien años de su nacimiento, Fidel sigue convocando al estudio, al pensamiento crítico y al compromiso con la soberanía de los pueblos. Su legado invita a analizar las nuevas formas de dominación sin perder de vista los principios de justicia social, independencia y solidaridad internacional.
El bloqueo podrá dificultar el desarrollo de Cuba. Las campañas mediáticas podrán intentar desacreditar su experiencia histórica. Las corporaciones tecnológicas podrán concentrar un poder cada vez mayor sobre la información. Pero ninguna de esas realidades elimina el debate de fondo sobre cómo construir sociedades más justas, más soberanas y menos subordinadas a la concentración del poder económico.
Mientras exista explotación, dependencia y desigualdad, el pensamiento de Fidel continuará siendo motivo de estudio, discusión e inspiración para quienes consideran que la emancipación de los pueblos sigue siendo una tarea vigente.